Twenty-Two Candles

(Originally published on 03/05/17)

(English version coming soon!)

Hey, chicos capitalinos, les habla la Chica Indiscreta y les tengo una gran noticia: una de mis fuentes, “miguel97”, nos envía esto: “Visto en las aceras de Paseo de la Reforma, envuelto en mezclilla: Edua”.

Pero, ¿que no fue hace dos años que el chico desapareció misteriosamente, despues de, y cito, “una serie de eventos desafortunados”? Y ahora de repente, está de vuelta.

¿No me creen? Veanlo por ustedes mismos. 

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Aunque me encantó el intro de este post, debo decir que prefiero ser Blair, si no les importa.

Es verdad, después de dos años desde mi partida del Valle de México, volví a cruzar las avenidas de Polanco, a comer macarrones sentado en los parques de La Condesa y a fascinarme con la magia que envuelve y nos atrapa a todos en la exquisita y vibrante Ciudad de México. Los motivos de mi partida son densos y variados, son recuerdos e historias que, aunque me han marcado para siempre y me generan cierta nostalgia, hoy los mantengo como algo muy lejano en mi memoria.

La Ciudad de México, como lo he mencionado antes, además de ser el prólogo de mi formación como adulto y profesional, me hizo darme cuenta que no está bien controlarlo todo y que, por más que intentes planear las cosas, ella te depara algo completamente diferente a lo que tenías en mente.

Esta vez, no debía sorprenderme.

Había planeado mi “comeback” a la ciudad como parte de mi cumpleaños numero 22 y, en esta ocasión, no estaría solo, sino que mi mejor amigo me acompañaría… ya saben lo que dicen, “A ‘B’ always needs her ‘S’ ” Sin embargo y, aunque teníamos todo un itinerario planeado, mi mejor amigo perdió su vuelo a última hora y fue así que nuestro itinerario se vino abajo y terminé hallándome mirando por la ventana antes de despegar, preguntandome qué se suponía que debía hacer solo en la ciudad.

Si bien había imaginado cómo sería mi regreso, el hecho de ir con mi mejor amigo me quitaba los nervios que volver me causaba. Como les dije, muchas cosas pasaron ahí y con la alegría y la emoción de volver, también viene cierto nerviosismo. Afortunadamente, fui recibido por mi mejor amiga y ex roomie de la ciudad, Alejandra.

Encontré en la semana de mi cumpleaños número 22, el tiempo preciso y, accidentalmente ideal, para pasar momentos solo, disfrutar de mi y pensar, ¿por qué no? un poco en el futuro.

Tras un típico y rápido desayuno en los muy locales y amigables Bisquets de Obregón, en la colonia Roma, Alejandra y yo pasamos la tarde caminando por la colonia Juárez, hasta que nuestro amable uber driver, nos condujo hacia mi barrio favorito, el lugar que me vio luchar, trabajar y crecer como persona: Polanco.

A los 18, mi pasión más grande eran las artes escénicas y deseaba empezar una carrera en el teatro musical. Había escrito desde pequeño y me había gustado arreglarme desde siempre, pero no fue hasta que pasé todos mis días en Polanco que me di cuenta que el arte de la moda era algo que iba más allá que un simple gusto que guardaba para mi mismo. Al finalizar mi estadía en la ciudad hace dos años, me había dado cuenta que el teatro, aunque me gusta, realmente no es una pasión y que mi destino y felicidad yacen en el arte, la moda, la cultura, lo estético y, por supuesto, la escritura… ahora sabía quién quería ser y, sobre todo, qué debía hacer para poder lograrlo. Eso y más me dio Polanco.

Como es usual, la zona de “Polanquito” se encontraba repleta de personas abarrotando las terrazas de los restaurantes, caninos hermosos, modelos, outfits que roban miradas y sus característicos músicos de jazz en las esquinas de Virgilio. Fue ahí que decidimos ir a Magnolia Bakery a disfrutar de un par de cupcakes y unas mimosas para decirle adiós a mi último día con 21 años. El fin de una era, sin duda.

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Mi amiga, Alejandra, ha pasado momentos dificiles tambien, no es fácil forjar una carrera en el medio periodístico en la Ciudad de México, pero, a pesar de eso, hoy se encuentra como practicante de una página web de cine y se dedica a cubrir eventos, alfombras rojas y demás, así que debía terminar ciertas notas para su reportaje en el departamento aquella noche. Tomé eso como una oportunidad para dar una vuelta por Reforma. Era muy de noche, estaba frío y vestía de negro.

Estaba solo, observando grupos de amigos y parejas de hombres caminar frente a mi tomados de la mano, lo que me hizo recordar lo mucho que una relación no me vendría nada mal. Durante los últimos cuatro años, desde que llegué a la ciudad, hasta ahora, he pasado de ser un niño bastante naive con ganas de comerse el mundo a ser un joven más consciente y determinado para muchas cosas. Eso incluye el amor… tal vez, me dije, aunque por ahora soy feliz estando solo, para mis 22, el amor sería algo que podría recibir de otra persona. Esta vez de verdad. Me levanté de la banca y, como era casi media noche, caminé hacia un bar a recibir mi cumpleaños completa y felizmente soltero.

La mañana de mi cumpleaños, tras ser despertado con las clásicas mañanitas, musica de Taylor Swift (la canción “22” incluida)  y unos pancakes que dejarían con la boca abierta a cualquiera, hechos por la dulce abuela de Alejandra,  me encaminé hacia el metrobus bajandome en Álvaro Obregón, para así caminar hasta el Mercado Roma, el cual resguarda un puesto en su entrada de los famosos “Theurel and Thomas”.

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Macarrones de frambuesa, café, y otros interesantes sabores como el de horchata/vainilla hicieron de mi mañana un momento perfecto, en especial cuando caminé hasta el Parque México buscando el spot ideal para disfrutarlos, encontrándome con un dúo de chicos tocando piezas francesas con un violín y un acordeón. It was meant to be. (Cabe resaltar que no disfruto para nada la horchata, pero el sabor de “Theurel and Thomas” es sutil y discreto. Muy recomendable)

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Aquella tarde, Alejandra y yo nos arreglamos, me puse unos trousers color azulón, de la temporada pasada de Zara, una camisa blanca slim fit con los puños doblados al revés creando cierto look de “principito”, un choker de terciopelo negro y unos botines del mismo color. “Simple, pero mortal” me gusta llamarle a ese outfit.

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Esta vez, nuestro conductor nos dejó justo frente a Tiffany’s, encontrándonos con un Masaryk hermoso, repleto de gente, locales y turistas tomándose fotos con sus mejores looks y poses frente a boutiques como Hermès o Cartier que habían colgado decenas de bellas flores en sus fachadas. La vie est belle.

Nos dirigimos a Emilio Castelar para cenar en un restaurante que estaba ansioso por conocer: “Ivoire”. En mi caso muy particular, me es de gran interés que el restaurante al que voy a comer sea estético. Es decir, que cuente con un interiorismo innovador, con un tema lindo o elegante. Por lo general, casi todos los lugares que cuentan con un interior diseñado a la perfección, cuentan también con una cocina maravillosa, y este no fue la excepción. Es por esto que, es una lastima que no haya sacado otras fotos ahi, ademas de esta, la cual tiene muy baja calidad.

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Mi cena, un risotto y un vino argentino (lo siento, todo iba muy francés y terminé con lo argentino, jaja) la llevamos a cabo en la terraza del segundo piso, con luces tenues, lavanda, velas y una mesa debajo de enredaderas que te transportan a la campiña francesa.

Para cerrar la noche, me encontré con unos amigos de Reynosa, quienes curiosamente estaban en la ciudad y, así, acabamos en un nightclub a los pies de Reforma, donde terminé bailando “I’m a Slave 4 U” y “Crazy in love”. La cereza del pastel.

A la mañana siguiente, me decidí a ir al centro de Coyoacán. Siempre es bueno estirar las piernas y caminar por sus calles coloniales aunque, esta vez, creo que las estiré de más, porque terminé caminando casi 8 kilómetros… usando botas.

Llegué hasta el Mercado Coyoacán, un tanto cansado, debo añadir, y me senté entonces a disfrutar de unos deliciosos tacos con un agua de jamaica espumosa. Más tarde, caminé frente a la casa de Frida Kahlo, evitando entrar, ya que había una fila que rodeaba la casa. Disfruté de las calles y su historia por un par de horas hasta que regrese al poniente de la ciudad a tomar la merienda en un lugar que descubrí en las faldas del Parque Lincoln.

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Budapest Café Cukrászda, se encuentra -escondido-  en un edificio privilegiado con la clásica arquitectura judía que caracteriza al vecindario, en la esquina de Emilio Castelar y Lafontaine. Se entra por el restaurante  “Odeon” y, tras pasar por la Noir Experience Boutique uno se encuentra ante las amplias escaleras que suben en espiral y que nos conducen hasta el idílico lugar.

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El espacio es pequeño, pero, a mi parecer, eso lo hace perfecto. Una vez dentro, eres transportado a algun lugar de Hungria cerca del río Danubio con su decoración y su olor. Pedí una muestra de sus tés y me llevaron tres tazas con muestrarios de cada uno de sus productos para poder olerlos y decidir. Opté por uno de frambuesa, vainilla y algún otro ingrediente que no puedo recordar junto a un par de galletas de cacahuate. Una tetera, azúcar morena y aquella vista desde la terraza, me relajaron más que ninguna otra cosa antes de la vida y , también, el momento en que escuché a una chica extranjera hablar sobre lo mucho que le encantaba México y decir “I don’t miss London at all” me recordó lo privilegiados que somos todos los que hemos vivido en esta ciudad. Un lugar donde todo pasa y la magia azteca la hace diferente al resto de las metrópolis del mundo.

Lo cual nos lleva a la siguiente parte de ese día. Curiosamente conocí a un chico llamado Ernesto. Ingeniero, fotógrafo, geek y entrepreneur. Estuvo mostrandome y hablándome sobre el nuevo proyecto en el que contribuye con LIT EDICIONES, basado en historias de Yaoi.  Jamás había visto uno de estos comics, los cuales son mangas que tratan historias de amor entre chicos, pero imaginadas por mujeres. Algunas inocentes y algunas otras más gráficas y eróticas. Entre los folletos que me regaló, está una edición de “Mictlán”, con una propuesta bastante interesante basada en el Día de Muertos. Debo admitir, que jamás había siquiera ojeado un manga, pero tras leer y apreciar la calidad de los que Lit Ediciones proporciona, seguramente esté interesado en conocer más sobre el Yaoi.

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Eso es lo que hace cool a la ciudad, jamás sabes a quien conocerás, con quien te toparas o, por qué no, qué cosas nuevas aprenderás.

A la mañana siguiente, con unos skinny jeans, mis botines, un blazer azulado de Zara y una corbata con print de flores de Tommy Hilfiger, me decidí a tomar el desayuno en uno de mis viejos favoritos: “Brassi”. Sus huevos escandinavos tenían la cocción perfecta y su jugo de naranja era lo necesariamente dulce como para hacerme muy feliz… eso, sumado a que, sorpresivamente, uno de los meseros me llevó una mimosa como cortesía de la casa. No supe a qué se debía la cortesía, pero supieron cómo alegrarme más el día.

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Tras el desayuno, llegué hasta Saks Fifth Avenue, donde me enamoré de unos zapatos Gucci, los cuales, aunque costaban un mes de mi salario, pude tocarlos y sonreírles como diciendo: “Un día serán míos”. Siempre es relajante entrar a Saks. En un día regular y/o de trabajo, no importa cuán estresado estes, solo basta con ir a Saks; es quitarse un peso de encima. Siempre lo fue.

Al salir de Saks y después de comprar una nieve de yogurt con moras, me detuve por unos minutos sentandome en los escalones del Museo Soumaya mientras esperaba a que llegara Alejandra. Estar ante los pies del Soumaya siempre se sintió bien para mi. Si Blair Waldorf tiene los escalones del MET yo tengo los del Soumaya. LOL. Dos ciudades, dos reinos diferentes.

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Al finalizar mi momento de mexican gossip girl y tras apreciar las obras de arte del Soumaya, fui a comer con otro amigo, esta vez, a Alekzander en la Roma. Tenía tal vez dos años de conocer por Facebook a Pablo, un apasionado violinista, así que por fin vernos en persona causaba cierto entusiasmo. La pizza calabria que ordené era buena, el mozzarella, suave igual que el pepperoni, este último terminando con bordes ligeramente crujientes. Esto, junto a una copa de Chardonnay, hizo de mi tarde, nuevamente perfecta.

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Pablo y yo tuvimos una conversacion bastante amena, era como si fueramos amigos -de la vida real- desde hacía años. Resulta que él había leido la publicación que hice acerca de mi depresion (pueden encontrarla dando click aqui MI DEPRESIÓN) y le había parecido interesante mi forma de sobrellevarla y cómo fue que salí de ella. La vida y el amor fueron los temas a tratar en aquella conversacion en la terraza con una vista a la avenida Alvaro Obregon. Siempre me pone contento conocer nuevos amigos con los que puedes mantener conversaciones mas privadas o profundas sobre temas que el comun denominador evita tener. Hoy en día nadie quiere abrirse a los demas, les da miedo. Si encuentras un ser humano así, felicidades, tienes una joya.

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Tras dejar a Pablo en la estación del metrobus, caminé un poco más por las calles del corredor Roma-Condesa entrando a sus pequeñas (pero muy cool) boutiques de ropa. Ya no aguantaba más las botas, así que tomé un uber directo a la Torre Bancomer. Sería mi última caminata por la ciudad, así que tomé un chocolate caliente y me senté frente al Ángel de la Independencia para cerrar la noche disfrutando de las luces y el skyline.

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Sin duda, mi regreso a la ciudad causó muchos sentimientos nuevos dentro de mí y evocó la pregunta del millón: ¿Regresaré a vivir aquí? Tal vez no quiera tomar decisiones precipitadas y, aunque me encuentre decidiendo qué camino tomará mi futuro casi inmediato, puedo decir que aquellos días en la ciudad fueron fabulosos. Aún cuando los planes cambiaron y estuvé sin la presencia de mi mejor amigo, el Valle de México nuevamente me dio la oportunidad de aprender de mí mismo y reinventarme de una forma que solo la magia de esta ciudad puede lograr. Lo mejor de todo es que, no importa a dónde vaya, New York, Paris o Dallas, la Ciudad de México será por siempre mi reino y los escalones del Soumaya el trono que aguarda mi llegada cada que esté listo para ser atrapado por su magia.

You know you love me,

xoxo… haha, Edua.

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